Por su parte, la pureza de corazón, al estar íntimamente relacionada a la inocencia, es tener una intención limpia por el hecho de que no es lo de afuera lo que daña al humano, sino más bien lo que aflora de adentro.
Hace 2 domingos empezamos el Adviento, un tiempo lleno de alegría, tiernicidad y promesa, pero más que nada lleno de fe. Un tiempo que nos transporta a estar listos en la dulce espera del nacimiento de Jesús en nuestros corazones.
Y si aún no tienes idea de qué manera comenzar el Adviento, te invito a que primero leas el producto de mi hermano Diego Quijano: ¡Adviento, la llegada del Señor! A fin de que logres comprender mejor.
De qué forma ser puro de corazón
seguramente todos admitiríamos que nuestros corazones tienen la posibilidad de ser realmente complicados. Posiblemente no tengamos la posibilidad entender cuándo no somos puros de corazón. ¿Entonces, qué debemos realizar?
En vez de intentar hacer un diagnostico la condición de nuestro corazón, requerimos aproximarnos al Señor Jesús y abrirnos a Él. Requerimos que el Señor reluzca sobre nosotros y nos afirme sobre cualquier cosa en nuestro corazón que compita con Él por nuestro interés.
¡Muéstrate Madre, María!
+++
EXAMEN DE CONCIENCIA – PUREZA DE CORAZÓN «Un corazón humillado y contrito, Dios, no lo desprecias» (Salmo 51 (50), 19). Eso es lo que dicen las escrituras. Sacerdote, el Señor no desea nuestros sacrificios. Un holocausto, Él no lo admite. El Señor desea que tu corazón arrepentido, humillado, transformado, sea purificado, a fin de que sea un corazón digno de un sacerdote configurado con Cristo. Este, sacerdote, es el único sacrificio interesante a Dios, adjuntado con el único sacrificio redentor que es la Cruz de tu Señor. Sacerdote, corrobora la pureza de tu corazón, por el hecho de que lo impuro es lo que te mácula, lo que sale de dentro, la intención de tus actos; pues tú, sacerdote, no puedes ser engañado. Mira, Padre, tus sentimientos y descubre si en ti reina la realidad, o si eres preso de la patraña que te anuda a la inmundicia, a la escoria, a los escombros que causan tus malas acciones. Sacerdote, mira si en tu corazón hay rincón para la impiedad, y limpia, sacerdote, de toda impureza, a fin de que te presentes limpio y puro frente al Rey de reyes y Señor de señores, o arrepentido y humillado, suplicando su perdón, pues un corazón manchado, es imposible vincular a la pureza, pues la pureza es imposible ensuciar ni contener impureza. Lo puro se une con la pureza para ser uno y trae la luz de la realidad al planeta manchado por el pecado para convertirlo y purificarlo. Sacerdote, tu corazón es el reflejo de tu accionar, de tus pretenciones, de tus pensamientos. Escucha la palabra de tu Señor, que revela las pretenciones de tu corazón, a fin de que seas siendo consciente del estado de tu alma, a fin de que logres arrepentirte y enderezar tu sendero, abriendo tu corazón a la felicidad y clemencia de tu Señor, que Él está a la puerta y llama. Escucha, Padre, su voz, por el hecho de que lo de afuera no puede contaminar tu corazón. Es lo que llevas dentro lo que contamina tu cuerpo, tu cabeza, tu alma, y te transporta a la perdición, a la obscuridad ahora la desaparición. Abre la puerta, Padre, y deja ingresar a tu Señor. Su corazón contrito y humillado es suficiente para mudarte y hacerte tuyo, hacerte una parte de él, a fin de que vivas en él como él vive en ti. A fin de que se queden en Él como Él continúa en ustedes. A fin de que vuelvas a su amistad, pues él es leal y espera tu lealtad. Sacerdote, mira tu conciencia y sé justo contigo, y mira si vives en la indiferencia y la tibieza, por el hecho de que tu Señor devuelve tibieza de su boca. Un corazón manchado es un corazón indiferente que no es ni frío ni ardiente, pero que sabe lo que hace y no se arrepiente. Sacerdote, tu corazón está configurado con el Corazón de Cristo. Pídele luz al Espíritu Santurrón, examínate a ti y date cuenta del estado en el que te hallas configurado. ¿Andas unido en pureza al Sagrado Corazón de tu Señor o andas crucificando tu Corazón con tu pecado? Sé sincero, sacerdote, y confiesa tu injusticia por el hecho de que fuiste desarrollado, llamado, escogido para vivir en la pureza uniendo tu corazón al Corazón de Aquel que es el Cordero de Dios que quita el pecado de todo el mundo. Él es pureza, Él es amor, Él es cierto, Él es vida, Él es la luz de todo el mundo, el sendero y tu Pastor, Él es tu Profesor, el que les guía, el que les enseña, Él es tu hermano, es tu amigo, y Padre, no merece tu pecado, no merece tu impureza, no merece tu indiferencia, merece la justicia de tu corazón contrito y humillado que no desdeña, hace su , lo convierte, lo purifica y lo realiza uno con Él. Sacerdote, no temas lo que está fuera de ti, sino más bien teme lo que está en ti. Reconoce, sacerdote, a tu Señor, entregando tu intención, a fin de que Él te limpie, te purifique y te guarde. Resguarda, Padre, tu corazón, recibiendo la felicidad en la oración, en la confesión y adorando la Sagrada Eucaristía en el sagrario, en el altar y en tu comunión. Participa, sacerdote, del sacerdocio de Cristo con la sabiduría de Dios y no con la de los hombres, con corazón sincero, con pureza de intención, actuando en la fe que te transporta al cielo. ¿De qué sirve, Padre, ganar el planeta entero, si te pierdes a ti? Acudid a Jesús, buen Pelicano, a fin de que les purifique con su sangre y les libere de toda impureza y mácula, de vuestra inmundicia y de vuestra patología. Arrepiéntete, Padre, y humíllate. Tu Señor es bueno y misericordioso y no te despreciará. Ve y haz lo mismo.