María. El orgullo, en ocasiones llamado vanidad, soberbia o insolencia, se considera el pecado primordial y la madre de todos y cada uno de los vicios. El primer pecado cometido fue un acto de orgullo de Satanás, negándose a admitir a Dios como su Señor. Del mismo modo, el orgullo fue la trampa que atrajo a toda la raza humana hacia Adán y Eva.
Cualquier persona que se considere libre de insolencia no sabe verdaderamente lo insolente que es.
Mis estimados leyentes recordarán aquella Convención Mundial de Diablos de la que les charlé en alguna ocasión previo en el producto «La Familia x las Bienaventuranzas del Demonio», donde Satanás convocó a sus diablos para hacer sus probables travesuras para sostener a la familia ocupada, marido y mujer haciendo un trabajo muchas horas, separados de Dios y de ellos mismos, robándoles el tiempo a sus hijos, y entonces no tenían tiempo para desarrollar una relación con Jesucristo, y ahí es en el momento en que hay una espiritualidad como asambleas, involucrarlos en chimentos y charlatanerías – les dije – no se olviden de integrar mi pecado preferido, el orgullo, a fin de que se vayan con la conciencia culpable. ¡Va a marchar!. Vais a ver – ha dicho Satanás a sus diablos – Ah, qué demonio tan terco es.
LA EXISTENCIA DEL DIABLO
No obstante, en base al muy, muy claro testimonio de las Escrituras, leídas a la luz de la Tradición, la Iglesia siempre y en todo momento y en todos y cada uno de los tiempos ha creído en la presencia del localidad de la ciudad de los ángeles, criaturas espirituales inferiores a Dios pero superiores a los hombres. Es una verdad de fe, definida explícitamente por por lo menos 2 Concilios ecuménicos: Letrán IV (DH 800), cuyas expresiones fueron entonces repetidas por el Vaticano I (DH 3002).
La existencia de diablos en todos y cada uno de los tiempos y en todos y cada uno de los tiempos fue un dogma atenuado y afirmado en los principales concilios ecuménicos de la Iglesia. De este modo, la teología dogmática histórica es categórica al asegurar que el demonio existe y actúa de forma continua sobre el mundo. El padre José Antonio Sayés Bermejo, entre los enormes teólogos de nuestro tiempo, emplea ocasiones apologéticas para sostener la afirmación previo, estableciendo tres criterios: a) atestación múltiple; b) la cuestión de la discontinuidad: el pueblo de Israel tenía un candente deseo de un Mesías político, que los librase de la tiranía del Imperio De roma, pero rompiendo esta expectativa, Jesús predica el Reino de los Cielos, y c) la identidad de Jesús. El testimonio múltiple está en las distintas referencias en los Evangelios a un relato de las peleas de Jesús con el Demonio, tal como en múltiples pasajes del Nuevo Testamento sobre Satanás.
Asomodeo, el demonio de la lujuria
La lujuria, como sabes, es un pecado capital por el hecho de que genera pensamientos desmesurados de naturaleza sexual, o deseos incontrolables de actos sexuales. Por este motivo, concluyeron que de los diablos de los 7 errores capitales, el de la lujuria había de ser Asomodeo. Diríase que se enamoró perdidamente de Sara, hija de Raquel. De ahí que, toda vez que se casaba, Asomodeo asesinaba a su marido en la noche de bodas.
De esta manera van las cosas hasta el momento en que un joven novio llamado Tobías le solicita al arcángel Rafael, entre los 7 arcángeles, que le afirme de qué forma liberarse de Asomodeo. El arcángel respondió que al abrasar el corazón o el hígado de un pez, frente a un hombre o una mujer atacados por un demonio o espíritu malvado, los asaltos cesan para toda la vida. Lo logró y desde ese instante se conoce que Asomodeo escapó a Egipto; dejando en paz a Sara y Tobías, sin que absolutamente nadie supiese de su paradero, salvo su profundo deseo carnal.