No se tienen la posibilidad de ver imágenes, rememorar experiencias, fragancias, sabores, sonidos, no seríamos siendo conscientes de nuestra vida y en el instante de ser conformados por la naturaleza, quizás en solo unas horas o quizás minutos hubiéramos fallecido.
En Crátilo, entre los diálogos de Platón, el pensador se pregunta qué ocurriría si quisiéramos expresarnos, pero no tuviésemos la voz para llevarlo a cabo: “¿No lo intentaríamos, como los suecos? en este momento, ¿de expresarnos con las manos, la cabeza y el resto del cuerpo?”1. Siglos después, en medio de una Ilustración, Jean-Jacques Rousseau regresa sobre este tema en su Ensayo sobre el origen de las lenguas (1781). ). Dice que el hombre, en el momento en que reconoce a otros seres de su clase, tiene una necesidad natural de estar comunicado y para esto puede decantarse por usar la voz o los movimientos.2 Los trabajos completados por lingüistas y neurocientíficos a lo largo de los últimos setenta años prueban los dos pensadores llevan razón: siempre y en todo momento tuvimos el potencial de ser, no solo el animal que charla, como defendería Aristóteles, sino más bien asimismo el que hace signos.
El reportaje terminado:
A lo largo de la perspectiva del reportaje, el Dr. Jesús Porta-Etessam explicó la proposición que defendieron en un inicio y que lograron comprobar: la gente que perdieron el sentido del gusto o el olfato tienen la posibilidad de regresar a saborear el chocolate si se activa la neurona correcta. La fórmula para encender esta neurona radica en jugar con todos y cada uno de los elementos probables separadamente: colores, texturas, música o sitios preferidos. De esta manera, si bien el tolerante no tenga gusto ni olfato, el resto elementos provocan la activación de la neurona que le hace saborear el chocolate.