En la teología católica, las virtudes teologales o virtudes teologales son los hábitos que Dios infunde en el intelecto y intención del hombre para organizar sus acciones a Dios mismo. Comúnmente, se cuentan tres: fe, promesa y caridad.
Concepto y clasificación
La virtud es una predisposición persistente o frecuente para realizar el bien. El nombre heleno (“areté”) señala una increíble calidad de actividad (intelectual o ética); el nombre en latín (“virtus”) señala fuerza o capacidad para llevar a cabo el bien. Es un hábito operativo (recibido o conseguido), hábito o predisposición conseguida por la reiteración de actos. En ocasiones se aplica a un aspecto de carácter oa una capacidad para realizar el bien. La virtud está enraizada en la persona (en su comprensión, intención, afectividad…) y tiende a un óptimo fin o fin. De ahí la pluralidad de las virtudes según la capacitad en que se arraigan y el bien a que tienden. La persona que tiende al bien mediante sus acciones en la vida diaria tiene por nombre «virtuosa».
Las virtudes infusas
Las virtudes infusas son las virtudes teologales y morales que Dios nos ofrece con la felicidad santificante, en contraste a las naturales o adquiridas, que tienen la posibilidad de realizarse en cualquier clase de persona, aun en los no bautizados; brotan solo por obra de Dios, no por reiteración de actos, como pasa con las virtudes adquiridas.
«Las virtudes infusas son hábitos operativos inculcados por Dios en las potencias del alma para disponerlas a obrar sobrenaturalmente según el juicio de la razón alumbrada por la fe«.4 Nos son dadas de forma gratuita, como un don de Dios adjuntado con la felicidad santificante, en el instante del bautismo; son sobrenaturales, que solo tenemos la posibilidad de recibirlos por infusión divina; de ahí el nombre de virtudes «infusas».
¿Qué son las virtudes sobrenaturales?
Las virtudes sobrenaturales son aquellas que, adjuntado con la felicidad santificante, son infundidas en el alma por el sacramento del Bautismo. El término virtud sobrehumano tiene relación primeramente a las virtudes teologales de la fe, la promesa y la caridad.
Las virtudes infusas dan a el intelecto ahora la intención una aptitud que antes no tenían: accionar sobrenaturalmente; sin fe, promesa y caridad, el hombre no podría opinar, aguardar y querer como hijo de Dios.