En una relación, la avaricia cariñosa se genera en el momento en que entre los 2 amontona para sí los movimientos de cariño que recibe y no los corresponde. El cariño, como el dinero, son maneras de energía que, si no fluyen, se desperdician, su acumulación paraliza el movimiento y, como el agua atascada, crea podredumbre.
Etimológicamente, avaricia procede del latín “Avaritia”. La avaricia se puede argumentar como el deseo desmedido de comprar riqueza para acumularla. Al avaro se le llama avaro, y es un individuo que no es con la capacidad de gastar, y bastante menos de comunicar sus recursos con absolutamente nadie.
Avaricia y avaricia
La avaricia y la avaricia son conceptos muy afines, en tanto que los dos tienen relación con el deseo elevado y la ambición. No obstante, no son nociones remplazables: al tiempo que la avaricia debe ver con el deseo de amontonar y preservar lo juntado, la avaricia se comprende como una manera de ambición incontenible.
En otras expresiones, la avaricia es un deseo exagerado de riquezas inviábles de agradar, que no guarda relación con el sustento o las pretensiones básicas de un sujeto. En otras expresiones, la avaricia es el cariño a la riqueza por la riqueza.
Colonialismo ideológico
“Toda la alegría está incluida en estas benditas expresiones de Cristo”, ha dicho. No obstante, Francisco admite que «más allá de que todos y cada uno de los humanos quieren la alegría, difieren en sus juicios concretos sobre ella: unos quieren esto, otros aquello». De hecho, advirtió que “el día de hoy estamos frente a un pensamiento predominante, extensamente publicado por el ‘pensamiento único’, que confunde herramienta con felicidad, entretenerse con vivir bien y quiere transformarse en el único método válido de discernimiento”. Y esto no es mucho más que “una manera sutil de colonialismo ideológico”, a través del que se quiere “imponer la ideología según la que la alegría solo radica en lo útil, en cosas y recursos, en la abundancia de cosas como la popularidad y la dinero
Del mismo modo, “se explota el temor de la multitud, el temor a quedarse sin lo preciso, por el hecho de que saben que es horrible padecer escasez más adelante”. Y es exactamente por eso, para Francisco, “aparece el deseo desmedido de tener riquezas, que no es mucho más que lo que San Pablo llama codicia”. Al tiempo, “esta situación es causa de gigantes sufrimientos y al tiempo amenaza la dignidad de la gente y del mundo, nuestra casa común”.