No era solo aislamiento popular, sino más bien asimismo espiritual, puesto que la multitud pensaba que los enfermos padecían un horrible castigo enviado por Dios. ¿Lepra? o cualquier patología de la piel que pudiese ser, se consideraba una patología del pecado donde el culpable se encontraba manchado, inmundo, contaminado.
6º Domingo del Período B del Tiempo Ordinario Contenidos escritos: Lev 13, 1-2.44-46; 1 Co diez, 31-11.1; Mc 1, 40-45 Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, instructor del Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente en el Centro Sacerdotal Logotipos en México y Centroamérica, para la capacitación de curas diocesanos Iniciativa primordial: La peor lepra de nuestra vida es la lepra del pecado que corroe nuestras ánimas, nos divide de Dios, nos distancia de los hombres y aniquila nuestras mucho más nobles pretensiones. Resumen del mensaje: Si Cristo no hubiese venido, todos quedaríamos leprosos. Y con la lepra la maldición. Y con la maldición, condenación. Pero Cristo nos curó y nos sana mediante los sacramentos que hacen lo que significan. Y con Cristo, la salvación. Puntos de la iniciativa primordial: Primero, en tiempos bíblicos la lepra -semeja que casi todas las patologías de la piel se llamaban de esta manera- era la patología mucho más temida y la que generaba la reacción mucho más desfavorable. Ocasionó desfiguraciones y mutilaciones repulsivas. El Levítico por higiene y asimismo por el hecho de que atribuía este mal a los errores de la persona, prescribía una marginación verdaderamente dura. En tiempos de Jesús, el leproso era lanzado de la vivienda a la calle, de la región al campo y de la sociedad a la tumba. La ley le demandaba caminar andrajoso y despeinado, chillar a los transeúntes y morar en tumbas vacías. Y todo pues era un tolerante de prominente peligro, que contagiaba a todo el que tocaba, y un inmundo legal sin derecho a red social religiosa, por el hecho de que ensuciaba todo cuanto tocaba. Un enorme católico de nuestro tiempo, Raúl Follereau, luchó titánicamente por su erradicación, y hasta la actualidad la Fundación Anesvad insiste infatigablemente en advertirnos sobre esto. El héroe indiscutible de esta patología fue el Santurrón Damián de Molokai, un leproso misionero que cuidó a los leprosos. El bacilo de la lepra, popular con el nombre de su explorador, «Hansen», se descubrió recién en 1874. Pero fue una monja francesa, sor Marie Zuzanne, quien halló el suero eficiente para combatirlo, que transporta el nombre de su investigador, «Microbacteria Marianum». El día de hoy la lepra está mucho más dominada. Pero viene con otras patologías afines, como el SIDA, que está invadiendo enorme lugar de este mundo. Seguidamente, en la Edad Media, el sacerdote colgaba la estola en torno a su cuello, mantenía el crucifijo en prominente, llevaba al leproso al templo y festejaba el servicio de fallecidos. Entonces los arquitectos de santuarios y catedrales dejaron orificios en las paredes, los ojos de buey para los leprosos, a fin de que tengan la posibilidad de ayudar a misa sin ingresar en la iglesia. Entonces, tras la misa, lo encarcelaban en lazaretos, repulsivos centros de salud donde podían fallecer en paz de asco. Y en la Era Posmoderna, que es la nuestra, ¿qué hacemos con los leprosos de ayer que el día de hoy están inficionados de SIDA? El SIDA se transmite solo de sangre a sangre: mediante las relaciones íntimas, por medio de transfusiones, mediante las agujas de los drogodependientes inficionados y a través del embarazo de madre a hijo. El SIDA empezó su andadura por las naciones en 1981. En 1987 teníamos 5 millones de casos de SIDA en el planeta; por año siguiente ahora eran diez millones. ¿Es el día de hoy? Obscuro y frío. El SIDA todavía es la Peste Negra, la que en 1384 vació los conventos de Marsella y Carcasona, diezmó Europa, destrozó 2 generaciones y dejó inconclusas las torres de las catedrales de Colonia y Estrasburgo. El enfermo de vih de el día de hoy es el leproso de ayer. Por último, la peor lepra es la del pecado. Requerimos que Cristo nos toque. Jesús tocó al leproso, que no había experimentado un solo toque en varios años, desde el momento en que su madre lo había acariciado en el momento en que era niño. En este momento siente la cálida caricia del toque a través de Jesús, toda la amabilidad y la inocencia, como una avalancha de vida que electriza su cuerpo. Y los papeles se invirtieron: el leproso se encontraba purificado y Jesús, según la ley del Levítico, impuro: “Quien toca a un individuo repulsiva queda contaminado, por el hecho de que la persona impura le transmite su impureza” (1,5). San Pablo relaciona la lepra con el pecado y nos comunica esto: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo logró pecado, a fin de que nosotros fuéramos justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21). Sí, la peor lepra es la del pecado. Lepra de la cabeza, en el momento en que pensamos cosas impropias. Lepra de los ojos, en el momento en que observamos lo que no debemos. Lepra del corazón, en el momento en que detestamos y queremos el mal, o la mujer o el hombre que no nos corresponde. Lepra de las manos, en el momento en que luchamos o en el momento en que no compartimos. Lepra en los pies, en el momento en que andamos por sitios oscuros. Y con esta lepra del pecado vienen todas y cada una de las secuelas: nos distanciamos de Dios, nos distanciamos de los hombres, matamos nuestra alma, y el resto males de todo el mundo. ¿Y por qué razón Dios no manda nuevamente el Diluvio (Gén 6) o hace caer fuego sobre las novedosas Sodoma y Gomorra (Gén 19)? El Padre quiere tanto al planeta que hace leproso a su Hijo, a fin de que los hombres sientan el calor y la inocencia de Dios en su carne. Para pensar: ¿Qué lepra ocupa mi vida? ¿Qué estoy aguardando para aproximarme a Cristo y clamarle que me sane en la confesión? ¿Por qué razón no ayudo a otros leprosos a arrimarse a Cristo? Rezar: Señor, si deseas, puedes purificarme. Y si me curas, se lo voy a contar a todos y cada uno de los que me cubren, ten por seguro, Señor. Cualquier sugerencia o duda se puede entrar en contacto con el Padre Antonio a este correo: [email protected]
Jesús y los estigmatizados
Reitero que sería realmente bueno que las biblias y los reverendos de el día de hoy dejaría de llamar «leprosos» a esos humanos menospreciados en la sociedad del tiempo de Cristo.
En el Evangelio siempre y en todo momento nos llama la atención la actitud misericordiosa de Jesús expresada hacia los humildes, excluidos, estigmatizados.